30.10.14

Mister Marshall viene de México (Pablo Batalla)

La de Arturo Elías, yerno del magnate Carlos Slim, ataviado con un ancho sombrero mexicano decorado con un escudo del Real Oviedo es seguramente el mejor resumen gráfico de un fenómeno en el que se ha reparado poco, quizás porque se ha producido en forma de discreto goteo a lo largo de los últimos dos años, entre aquella fotografía tomada en diciembre de 2012 y el anuncio, en septiembre de 2014, de que un tal Tomás Álvarez Aja ha venido también desde el otro confín del Charco a comprar a Cajastur el palacio parragués de Nevares para abrir en él un parque temático rural: la llegada de capitales mexicanos a Asturias. 
En mayo de este mismo 2014 era Liberbank el objeto del interés azteca: se anunciaba entonces que los grupos mexicanos Inmosan y Davinci Capital habían decidido emprender una inversión millonaria en el banco liderado por Cajastur. Inmosan, liderada por Ernesto Tinajero, se hacía con el 7,02% del banco convirtiéndose en el tercer accionista de Liberbank; Davinci Capital, dirigida a su vez por Gustavo Tomé, se convertía en el séptimo al tomar alrededor del 2% del capital. 
Para entonces ya se conocía el desembarco mexicano en otra empresa emblemática asturiana: la naveta y centenaria Aguas de Fuensanta, que en abril resolvía sus apuros económicos pasando, por 3,9 millones de euros, a ser propiedad de Global SMM 2009, grupo creado ex profeso para la compra de Fuensanta por el empresario José Miguel Fernández Rodríguez-Carús. En este caso hay otro dato significativo de la pujanza mexicana con respecto a la de los capitales locales: en Fuensanta se había interesado, también, la villaviciosina El Gaitero, pero sólo había ofrecido 125.000 euros. 

El mayor representante de este fenómeno ha sido, sin embargo, otro: el septuagenario armador Antonio Suárez, propietario del conglomerado empresarial Grupomar  conocido como “rey del atún” (“muy a mi pesar”, dice) y que en marzo de 2012 firmaba en Navia un contrato con el astillero Armón para la construcción en Gijón, en la antigua Juliana (propiedad de Armón desde 2010), de un barco atunero congelador por casi 19 millones de euros, reactivando así la cataléptica industria naval gijonesa. 
“Estoy convencido de que se va a hacer un buen barco y de que éste va a ser el primero de algo más”, proclamaba entonces Suárez. En efecto, a aquel barco, el Gijón, cuyos 78 metros de eslora surcan ya el Pacífico a 18 nudos, le han sucedido desde entonces dos gemelos: el Oaxaca y el Manzanillo, el primero botado ya en El Musel en una ceremonia a la que asistió el presidente Javier Fernández.
Las inversiones asturianas del rey del atún no se limitan a Gijón: en diciembre de 2013, Grupomar anunciaba que contrataría a la planta asturiana de la empresa Mivisa para la producción de chapa cortada destinada a la fabricación de unos 300 millones de latas de conserva en el país americano, lo cual supone un aumento del 25% en la producción de la fábrica de Llanera, una de las seis de que dispone la firma en España. Además, por mor de un efecto rebote, Arcelor Avilés se ve también beneficiada por el pedido, toda vez que Mivisa compra allí el acero.
En cuanto a Tomás Álvarez Aja, la compra del palacio de Nevares para ubicar en él “el primer parque temático rural de España” sucede a otra inversión, también en Parres, de que se tuvo noticia pocos meses antes: un conglomerado de alojamientos rurales de lujo —“Eco-Resort Rural&Spa”, en puridad— en el pueblo de Cofiño, llamado a “hacer sentir a sus clientes inmersos en un núcleo rural asturiano real” con cuatro quintanas asturianas para alquiler íntegro, una taberna, una panadería, una plaza típica de pueblo, una cuadra con explotación ganadera real, un huerto, un bosque autóctono, un llagar y un mirador a los Picos de Europa y al Sueve. La actuación sobre Nevares será similar y convertirá a la aldea parraguesa en “el primer parque temático rural de España”, con un pequeño hotel, un llagar, un hípico con asturcones, un viñedo y una explotación agroganadera en la que se criarán pites pintes, gochos asturceltas y oveyes xaldes.
El caso del Real Oviedo es el más conocido: al histórico club de la capital asturiana, cuya supervivencia durante años de extrema precariedad sólo puede calificarse de milagrosa, el dinero del hombre más rico del mundo le cayó hace dos años como una suerte de maná, produciendo entre la afición carbayona ciertos episodios algo chucos que recuerdan el “Americanos, os recibimos con alegría” de la película ¡Bienvenido, Mister Marshall!
El grupo Carso entraba en el accionariado del Oviedo en noviembre de 2012 con dos millones de euros, convirtiéndose en máximo accionista y dueño del club, ganando una carrera a la que también concurrieron el español Quique Pina y el también mexicano grupo Pegaso. Lo hacía deshaciéndose en halagos hacia la afición azul: su grupo, decía en un comunicado, era “sensible a las singulares y difíciles circunstancias por las que atraviesa el Real Oviedo, a su historia dentro del fútbol profesional español y sobre todo a la extraordinaria afición que lo respalda”, lo cual les había hecho “decidirse por este proyecto de manera clara y determinante”. La hagiografía del asunto asegura que la decisión de Slim de invertir vino determinada por la campaña internacional que, bajo el título “SOS Real Oviedo”, había iniciado el periodista británico Sid Lowe para conseguir para la entidad un aflujo de pequeños accionistas.
La llegada, casi al unísono, de tantos capitales mexicanos es ciertamente llamativa. Una primera explicación fácil del fenómeno tiene que ver con los orígenes biográficos de los inversores, que en muchos casos poseen raíces asturianas. Antonio Suárez nació en Oviedo y se crió en Sobrescobio; Tomás Álvarez Aja tiene raíces cabraliegas; José Miguel Fernández Rodríguez-Carús las tiene en Caravia. 
La explicación patriótica no basta, sin embargo, si, además de consignarse que ni Slim ni Tinajero ni Tomé tienen orígenes asturianos, se considera que tales pulsiones sentimentales, aunque puedan existir en el mundo empresarial, no son suficientes para determinar una inversión multimillonaria si no existen otros factores que la animen. Antonio Suárez confirma esta idea, en una respuesta por escrito a esta revista, aludiendo a las “distintas características de oportunidad de inversión” que existen en España y Asturias, que “está en un buen momento para ello”, pero no entra en mayores detalles. 
¿Cuáles son esas oportunidades que hacen a la economía española y asturiana tan atractiva para los capitales mexicanos? Y, ¿qué condicionantes de la economía mexicana pueden contribuir también a explicar el fenómeno? Sobre ello consultamos a David M. Rivas, economista asturiano y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, que conoce bien la realidad económica latinoamericana.
El profesor Rivas ve un conjunto cuádruple de factores, cada uno de los cuales corresponde a un nivel geográfico diferente: hay un factor europeo, un factor mexicano, un factor español y un factor asturiano. Respecto al europeo, Rivas opina que, “para ellos, invertir en Europa es muy rentable, porque tiene unos intereses mucho más bajos que aquéllos a los que están acostumbrados allá, y porque la economía europea no está sometida a la dolarización”. “No es que el euro sea más estable –añade- sino que, al no depender de una única autoridad nacional sino del BCE y de una veintena de países, su valoración y comportamiento son más previsibles y sus movimientos son más lentos”. 
Sobre el factor mexicano, el economista gijonés explica que “los enormes problemas internos de México, que está prácticamente en una guerra civil no declarada, han ralentizado considerablemente la industrialización, que había vivido un gran auge a raíz del NAFTA; en consecuencia, la inversión mexicana ha ido desviándose hacia otros países”. Además, Rivas apunta al fracaso de la integración económica con Estados Unidos y Canadá iniciada en 1994, más allá de un breve éxito inicial, como acicate para volver la vista a Europa. 
Respecto al factor español, Rivas lo ve, sobre todo, la cercanía cultural e idiomática, que hace más comprensibles las condiciones del mercado y que tiene que ver, también, con esas raíces familiares de los inversores. Por otro lado, hay una serie de instituciones de integración iberoamericana que tornan más fluido el tráfico económico entre los dos países.
Hay, finalmente, un factor asturiano. “Aquí —dice Rivas— hay desde la crisis del sector industrial y el estancamiento subsiguiente una tradición más fuerte que en otros lugares de esperar a Mister Marshall, que explica desde el petromocho hasta la Dupont. Cada dos o tres años hay un proyecto estrella, que casi siempre llega en periodo preelectoral y que muchas veces acaba siendo como el pulpo, que mengua mucho cuando se cuece. En todo esto hay una dimensión propagandística que hay que desdeñar del todo”. Rivas explica seguidamente que “no es que nuestros políticos los llamen; seguramente esos empresarios tengan ya interés en invertir, pero también seguramente desde aquí se les pongan enormes facilidades que hagan esas inversiones relativamente sencillas, de gran rentabilidad y fácilmente recuperables”. Para Rivas, la comunidad autónoma más parecida a Asturias en este sentido es Madrid, gobernada por el PP y que demuestra que esta suerte de mistermarshalismo “no es una cuestión de color de la bandera política”. 
Rivas ve condiciones especiales en el caso del Oviedo. “Las inversiones en fútbol —opina— tienen muchas cosas aparejadas: en los palcos de los estadios, incluso en los de los estadios de equipos pequeños, se hacen muchos negocios”. Por otro lado, “otra ventaja muy importante de invertir en fútbol es su dimensión social, que es mayor aún en ciudades pequeñas en las que el equipo del fútbol es un emblema y un factor extraeconómico pero que los empresarios valoran mucho, porque es una garantía contra los riesgos. Salvar a un club a punto de desaparecer te otorga automáticamente el apoyo y el agradecimiento de miles de personas y el de las administraciones locales”.  

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