6.3.14

“El maya es un pueblo del que hay mucho que aprender”


Luis Martín: Buenas noches, profesor Rivas. Bienvenido de nuevo a este programa y a esta emisora. Fuimos siguiendo por las redes sociales su viaje a Guatemala del mes pasado y nos parecieron muy interesantes algunas apreciaciones que hacía. Es un país poco conocido aquí y no es fácil dar con expertos, con gente que sepa cómo es, cómo funciona, cuál es su presente y su futuro. Además usted ya publicó un libro sobre la agricultura y la sociedad rural de Guatemala hace unos diez años y participó en otro colectivo sobre el desarrollo y la diversidad cultural en aquel país.
David M. Rivas: Buenas noches y encantado de hablar con usted otra vez. He escrito bastantes cosas más sobre Guatemala. Es un país muy difícil de entender. La verdad es que no es un país. Son docenas de países. Sí que conozco bastante bien su funcionamiento pero muchas veces me sorprendo ante cuestiones de las que no entiendo nada.
L.M.: ¿Cómo empezó su relación con Guatemala? Lleva usted bastantes años trabajando allí.
D.M.R.: Pues empezó, como casi siempre pasa, por casualidad, en el supuesto de que la casualidad exista. La Universidad Autónoma de Madrid participó de algún modo en los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla de finales de los noventa y propuso algunas iniciativas de trabajo. Se organizó una maestría, se hizo un programa, se constituyó un grupo y a mí me llamaron para participar, concretamente para dirigir el módulo de desarrollo sostenible. Fui a Guatemala en el curso 1998-1999. Viví la última matanza que hizo el ejército, cuando ya los acuerdos estaban firmados. Parecía que todo quebraba pero aguantó. La maestría era bastante convencional pero con la idea de formar a dirigentes comunitarios, así como a futuros profesores para la universidad y para la propia maestría. Había ladinos, que es como llaman a los mestizos en Guatemala, y mayas. Resultó muy bien y tuvimos, creo recordar, siete cursos, en Xelajú y en Cobán, departamentos de Quetzaltenango y de Alta Verapaz. Era un convenio entre mi universidad y el instituto Chi Pixab’, que significa, en maya quiché, “lugar donde se reúne el consejo”. Pero hace tres años se decidió cambiar el enfoque y añadir a la maestría en desarrollo el componente de “pertinencia cultural”. Eso significaba que se reforzaban los aspectos indigenistas, las ideas básicas de la cultura maya. Es más, se trataba de basar el modelo de desarrollo en la propia identidad. A mí aquello me pareció un reto extraordinario. Empezamos en Santa Cruz, en el departamento de Quiché, y de nuevo en Xelajú.

L.M.: ¿Y eso no fue un problema para los profesores europeos, con otra cultura y otra visión de las cosas?
D.M.R.: A mí no me supuso ningún problema. Es verdad que de los diez o doce profesores de la Autónoma que empezamos sólo quedamos tres y para el año que viene seremos dos, los dos que el Chi Pixab’ quiso mantener, Juan Carlos Gimeno, que es el coordinador en Madrid, y yo. También deseaban mantener al tercero, mi compañero de departamento Antonio Vázquez Barquero, pero se jubila en septiembre y queda, por tanto, fuera del convenio. Puede que seamos los que mejor entendemos lo de la “pertinencia cultural” pero lo cierto es que ya contamos con profesores guatemaltecos, salidos precisamente de los cursos anteriores. Ya no se necesitan, como hace unos años, muchos profesores de fuera. Por lo que a mí respecta, como le decía, nunca tuve problemas. Yo siempre digo, y se lo digo a ellos, que porqué los indígenas son sólamente los de América o los de Oceanía. Yo también soy un indígena. Nací en un país, Asturias, donde llevamos miles de años, desde las cuevas paleolíticas a la ilustración del XVIII o a la revolución obrera del XX. Acaban de descubrir pinturas paleolíticas en una cueva en la que se curan quesos desde hace siglos. Es que somos el mismo pueblo desde hace unos cuantos miles de años. Cambió la cosa con la inmigración de mediados del XX, con la llegada de mediterráneos, pero aún se nota una diferencia clarísima entre los asturianos y otros españoles. A mí no me cuesta mucho entender a los indígenas de Guatemala, aunque, es verdad, no siempre es fácil la relación. Yo soy un occidental, un hijo de los indoeuropeos. A veces me cuesta entender, pero casi siempre lo consigo. Además mi particular “indigenismo”, permítame la expresión, me evita la mala conciencia. Yo nací en Asturias porque mis antepasados no se movieron de Asturias, no se fueron a conquistar ni a colonizar nada. A mí no me envuelven en pijadas colonialistas. Los entiendo porque soy un indígena como ellos, no porque me hagan sentir complejo de culpa, muy típico de algunos europeos, sobre todo de izquierdas.
L.M.: Pero mantener ese equilibrio no parece fácil.
D.M.R.: No es sencillo algunas veces, es verdad, pero yo siempre apliqué mi propio criterio, sin ceder a lo políticamente correcto. Yo soy capaz a calzar los zapatos de un maya. La mayor parte de ellos tienen muchas dificultades para calzar los míos, los de un europeo atlántico. ¿Y por qué? Porque la ilustración, la modernidad, el renacimiento, la racionalidad nos lo ha permitido. La cultura occidental es la única que fue capaz de comprender otras culturas, aunque confunda muchas cosas, por exceso o por defecto. Yo puedo convivir con mayas y entenderlos, con dificultad a veces, porque la racionalidad occidental, tantas veces ridiculizada o criminalizada, lo permite. Hablo muchas veces de la “etnia desdichada” cuando me refiero a occidentales que, queriendo defender los derechos de estos pueblos, desprecian y ultrajan su propia tradición cultural. No se dan cuenta de que son la ilustración, la racionalidad, los conceptos occidentales de “libertad” y “tolerancia”, los que les permiten entender a otros pueblos. En el fondo, aunque parezca un poco ñoño, es la trilogía “libertad-igualdad-fraternidad”. Valdivia o Pizarro no lo veían así. Eran anteriores a la revolución occidental. La base de la cultura occidental es vieja, muy antigua, medieval, cristiana, pero su racionalización se hizo con la ilustración y el liberalismo. Esa cultura no es la cruz y la espada como cuando Hernán Cortés, sino la razón y la empatía. Y estas cosas pasan hasta en las reuniones de trabajo. Yo no cedo a complejos de inferioridad colonialistas. Si tengo que decir “no”, digo “no”, por mucho que argumenten etnicismos o historias del siglo XV. Y, la verdad, me va muy bien. La mayoría de la gente con la que trabajo me aprecia.
L.M.: Bueno, es que usted participa incluso en ritos de los mayas. Lo hemos visto en las redes prendiendo velas y haciendo ofrendas a los antepasados.
D.M.R.: Sí, lo hago siempre que me invitan. Y me invitan muchas veces. Me gusta mucho participar con ellos en sus ceremonias. Incluso estoy pensando en aprender su lengua, que es complicadísima. Es una gente estupenda, con una cosmovisión extraordinaria, un pueblo del que hay mucho que aprender. Son hospitalarios y, cuando ganas su confianza, son alegres y dicharacheros, aunque parecen serios y muy ensimismados. Una cosa curiosa es que yo tengo mucha facilidad para tratar con las mujeres, porque es una sociedad bastante machista. Tal vez me ayuda, otra vez, mi procedencia asturiana, una cultura en la que la mujer es muy importante. Los mayas son muy familiares, tal vez muy “conservadores” para un gusto europeo, pero eso los hace cariñosos. También son religiosos, en el sentido más estricto de “religare”. Las clases, las conferencias, las cenas van precedidas de invocaciones. Llaman a los vientos de los cuatro puntos cardinales, al agua y al fuego, al sol y, sobre todo, a los “abuelos”, a los antepasados. Yo me siento como en casa porque, como buen asturiano de raíces rurales, soy un panteísta y tengo un gran respeto por mis muertos y una sentida veneración por, como dicen ellos, mis “abuelos”.
L.M.: ¿Es a eso a lo que se refieren cuando hablan de “pertinencia cultural”?
D.M.R.: Sí, podemos decir que sí. Los mayas, aunque una buena parte, sobre todo los más jóvenes, están, como pasa en todos los sitios, bastante aculturizados o adiestrados en cosas muy ajenas a su patrimonio cultural, mantienen una cosmovisión muy interesante y poderosa. Por ejemplo, las divinidades, al realizar la creación, se equivocaron tres veces y sólo a la cuarta acertaron. Practicaban el sistema de prueba-error, no la omnisciencia y la infalibilidad del monoteísmo. Eso da para mucho en una perspectiva contemporánea. Crearon al hombre de piedra, luego de barro, luego de madera, y se equivocaron las tres veces. Sólo acertaron al crearlo de maíz. Con el maíz rojo hicieron la sangre, con el blanco los huesos, con el amarillo la piel y con el negro el pelo. Por eso los mayas se llaman a sí mismo “los hombres de maíz”, expresión que consagró mundialmente el nobel Miguel Ángel Asturias, un criollo muy conocedor de la cultura indígena y muy respetuoso con ella.  
L.M.: ¿Cómo es Guatemala en estos momentos? Me refiero a lo político y lo económico.
D.M.R.: Es una sociedad desestructurada. Hay una minoría criolla, europeos, una mezcla de alemanes y vascos, una oligarquía que lo domina todo y que a veces tiene comportamientos y opiniones que recuerdan a los nazis. Luego está un treinta por ciento de ladinos, de lengua española y con poca o ninguna conciencia cultural y un sesenta o setenta por ciento de mayas, marginados completamente, por más que las leyes protejan aparentemente la igualdad. También están los garífunas, negros llevados a Guatemala desde Haití en tiempos coloniales y que son la base poblacional de Belice, la antigua Honduras Británica, y los xincas, indígenas que no son mayas y que desaparecerán con su lengua y su cultura porque son unos cuatrocientos. La gran riqueza se concentra en las familias criollas y la media riqueza en algunos sectores ladinos y una pequeña minoría maya. La pobreza se ceba en algunos sectores ladinos y, sobre todo, en los mayas. El 72 por ciento de la tierra cultivable es propiedad del dos por ciento de la población, en un país en el que la agricultura es el sector económico principal. La república guatemalteca continuó con la herencia política de la corona española, constituyendo un estado débil, autoritario, monolingüe y monocultural. Desde los acuerdos de paz se trató de caminar hacia un nuevo estado, un estado fuerte, democrático, plurilingüe y pluricultural. El experimento fue un fracaso. La situación actual no es nada buena ni política ni económicamente. Sí se notan avances en cuestiones culturales y lingüísticas, especialmente entre los quiché, que constituyen el grupo más importante de los mayas.
L.M.: ¿No hubo una transición como la que hubo en España o en algunos países del este de Europa?
D.M.R.: Son situaciones muy distintas. España, Hungría, Polonia, salían de regímenes autoritarios y represivos pero no de una guerra. Además los cambios fueron fruto de los pactos entre algunos sectores del régimen anterior y algunos sectores de la oposición, que aparcaron sus programas máximos. Y aún hay otro elemento: en Europa no existía el factor étnico. Por ejemplo, los nacionalistas catalanes, flamencos, o en su día los eslovacos o los croatas, pueden defender la independencia por razones históricas, culturales o económicas, pero no sufren ni sufrían el racismo y la marginación en España, Checoslovaquia o Yugoslavia. Guatemala es un caso muy distinto. La guerra guatemalteca es un caso único en América y posiblemente en el mundo. Allí no hubo un conflicto entre un grupo guerrillero más o menos en la ortodoxia comunista y el estado, como pasó en Colombia, Nicaragua, Bolivia o Cuba. Allí fue una guerra declarada por el estado contra el pueblo, particularmente contra los campesinos, mayoritariamente mayas. La guerrilla surgió, con algunas excepciones, como autodefensa. Al firmarse los acuerdos de paz se dejó de pegar tiros pero el racismo y la exclusión continuaron.
L.M.: Los grupos guerrilleros, ¿participaron en el proceso de cambio político tras los acuerdos?
D.M.R.: Aquí nos enfrentamos al, seguramente, mayor fracaso político de la historia reciente. Cuando los acuerdos, hace casi veinte años, las encuestas daban a la guerrilla un porcentaje de votos que rondaba el sesenta por ciento. Luego obtuvieron un minúsculo trece por ciento. No fueron capaces a ponerse de acuerdo en casi nada y eso lo aprovechó la oligarquía, que sigue gobernando bajo la larga sombra de Ríos Montt.
L.M.: ¿Por qué no fueron capaces de un mínimo acuerdo?
D.M.R.: Es complicado acertar en un diagnóstico porque los grupos guerrilleros eran muchos y muy diferentes. No obstante, hay alguna clave identificable. Como le decía antes, no se trataba de una guerrilla “clásica”, como la de Nicaragua o Bolivia, sino de una minoría que aprovechó la necesidad de autodefensa de la población. Sus dirigentes pertenecían, casi todos, a las élites del país, fundamentalmente militares. Los dirigentes guerrilleros y los gobernantes eran casi todos de la misma clase social y, cuanto más subimos por la jerarquía de ambos contendientes más criollos encontramos. La identificación con la mayor parte de los ladinos y con casi la totalidad de los mayas era nula. Lo vimos también en Chiapas, donde el máximo dirigente de la revuelta tampoco era indígena, sino un criollo o un mestizo educado en buenas aulas. En el fondo, algo semejante vemos hoy en Venezuela. Yo creo que una de las claves de la endiablada situación es la disputa entre Maduro y Cabello en el seno del chavismo. Cabello pensaba ser el sucesor de Chávez pero no fue así, seguramente porque Cabello era el único que podía ensombrecer al propio Chávez y éste prefirió a un más débil Maduro, en la idea, supongo, de que iba a salir con bien de su enfermedad y retomar el poder. Y no hay que olvidar que Cabello tiene una gran ascendencia entre los militares. De ahí las reticencias hacia el ejército de Maduro y su decisión de armar a las milicias bolivarianas. América Latina es un mosaico impresionante y cada día que pasa cuesta más hacer análisis simples y reduccionistas. Me da mucha risa leer u oir lo que los izquierdistas españoles o europeos manifiestan. Son patéticos en su desconocimiento de América.
L.M.: Cuando hablamos de América Latina, cosa que hicimos varias veces, siempre critica usted a la izquierda española y europea. La verdad es que no la critica. Más bien se mofa de ella.
D.M.R.: Es que es de risa el asunto. La izquierda dejó de analizar las cosas con método y sistema hace cuarenta años. Repite clichés, eslóganes, letanías. No se preocupa de analizar qué pasa en América ni quiénes son los actores o los grupos en presencia. Le basta con atender a una cuestión: si son amigos de los Estados Unidos, malos, si son enemigos, buenos. Pero dudo que muchos de los militantes de estas corrientes sepan qué partidos operan en Guatemala, cuál es la coalición que sustenta a Correa en Ecuador o por qué un partido comunista apoya el chavismo y otro partido comunista está con la oposición de Capriles. 
L.M.: Volviendo a Guatemala, ¿no ha cambiado nada desde los acuerdos de paz?
D.M.R.: Sí, claro, ha habido cambios. El principal cambio es que la gente, sobre todo las comunidades rurales, se moviliza más y que la represión no es comparable a la de hace veinte años, aunque me parece que sí es más fuerte que la que podía haber hace seis o siete. Hay líderes comunitarios encarcelados con acusaciones absurdas y violando incluso las propias leyes guatemaltecas. Ha habido muertos en algunas movilizaciones y la policía no se anda con muchos miramientos. Los enfrentamientos casi siempre son en zonas rurales y protagonizados por mayas. En cierto modo, la división gobierno-pueblo de la época de la guerra ha pasado a ser una división mayas-resto en el presente.
L.M.: Pero la pobreza también afecta a los mestizos. ¿No participan en las revueltas, están al margen de las cosas?
D.M.R.: La pobreza de los ladinos se concentra en zonas urbanas, principalmente en la capital. Allí la respuesta a esa exclusión social se manifiesta con violencia, con la organización de pandillas, de “maras”, o con la entrada como fuerza de choque de las mafias de extorsión, tráfico de drogas o redes de un práctico esclavismo, sobre todo de niñas y adolescentes indígenas, tanto para la prostitución como para trabajos en hostelería y servicios similares. Los ladinos, de lengua española y costumbres muy poco diferentes entre ellos, nunca se vieron obligados a definirse con criterios de resistencia. A los criollos los ven por la televisión o cuando son llamados para recibir órdenes y a los mayas los consideran inferiores. Yo trato más con mayas pero también tengo buenos amigos ladinos. Y también criollos. En la maleta siempre llevo el smoking, por si es necesario. Con los criollos suelo discrepar políticamente pero comparto con ellos una herencia cultural y muchos gustos musicales, literarios, artísticos. Es la gente con la que comparto etnia, por seguir con los mismos términos, y que estudió en Europa, en Canadá, en Estados Unidos. Para entendernos, si yo me sentara a hablar de literatura siempre me encontraría mejor con un García Márquez, un Vargas Llosa, un Cortázar, un Borges o un Asturias que con un Evo Morales o un Maduro. Siempre que salen cuestiones de identidad en conversaciones con ladinos yo les insisto en una cosa: para un europeo o un estadounidense no hay diferencia entre un maya, un quechua, un mapuche o un mestizo. Si esos dos individuos son sensatos los verán a todos como seres humanos y si son racistas los verán a todos como “indios”. Por eso les insisto en que no exalten la sangre europea de su padre denigrando la sangre maya de su madre. Son de las dos sangres y, precisamente, en la toma de conciencia acerca de su mitad indígena está parte de la solución a los enormes problemas que padecen. Algunos ladinos lo están haciendo, aunque también a veces se enfrentan al rechazo por parte de los mayas, entre los que también hay racistas.
L.M.: ¿Cómo es la estructura económica de Guatemala?
D.M.R.: Es un país agrícola, aunque con una dualidad muy visible. La mayor parte de la población rural practica una agricultura de subsistencia o de una escasa acumulación, con base en el maíz y algo de verduras y frutas, además de pollos, mientras que hay un potente sector de exportación en manos de transnacionales y de grandes propietarios, los de café, banano, cardamomo, un poco de algodón o de caña de azúcar, caucho… Tienen una pequeña producción de petróleo pero que casi no refinan. Lo exportan y luego importan los productos derivados, la gasolina, el gasóleo… La industria es muy rudimentaria. Guatemala importa todo lo que tenga una mínima sofisticación, por pequeña que sea: papel, vidrio, electrónica, medicinas, alimentos envasados… Puede que la cerveza sea el principal sector industrial. Hay muchos tipos y de buena calidad, más en la línea europea que en la mexicana o estadounidense. Son cervezas más fuertes. Debe ser la influencia alemana. Ahora el turismo es el sector que más crece, sobre todo el procedente de los Estados Unidos. Va creciendo el turismo europeo, sobre todo el italiano. Se empieza a plantear un dilema de difícil solución: las grandes bolsas de petróleo se encuentran en El Petén, precisamente el destino turístico principal, con unas selvas impresionantes y los principales centros de la cultura maya clásica.
L.M.: La violencia, ¿no espanta al turismo?
D.M.R.: Supongo que sí asustará a algunas personas, pero todo esto hay que matizarlo. No es un país particularmente violento. Las mafias y las maras ajustan sus cuentas sangrientamente, es verdad, pero rara vez afecta a terceras personas. Hay asaltos a veces a autobuses en las carreteras en los que te quitan el dinero, pero casi nunca la máquina de fotos, el teléfono o el pasaporte y se concentran en algunas rutas alrededor de la capital. Y, desde luego, en muy pocas ocasiones ha habido agresiones físicas. La violencia se centra en la capital, en algunas zonas de la capital. Pero Ciudad de Guatemala no tiene gran interés y sólo es el punto de entrada o salida porque el sistema de transporte está muy centralizado. La capital tiene el único aeropuerto del país. Yo recorro el país en camionetas, no precisamente con pinta de indígena y ni siquiera de español (es muy frecuente que se dirijan a mí en francés), con dólares y máquina de fotos, y nunca me ha pasado nada ni conozco a nadie a quien le haya pasado nada. Sin embargo me atracaron a punta de machete en San José, en Costa Rica, a media tarde, en el país más seguro de América Latina después de Uruguay.
L.M.: Si yo quisiera hacer un viaje, ¿por qué me recomendaría Guatemala?
D.M.R.: Sólamente el lago Atitlán, con todas las comunidades, todas ellas en cada pequeña isla,  vale ese viaje. Sólo eso, se lo aseguro. Lo que le voy a decir de Guatemala podría servir para Bolivia o Perú, pongo por casos, otros dos países que conozco bastante bien. Es un país con una naturaleza impresionante y con una cultura ancestral muy viva. Mucha gente cree que los mayas eran una civilización extraordinaria que desapareció. Eso no es verdad. Los mayas sigue ahí, lo que sucede es que entraron en decadencia en el siglo XII o XIII y la cosa aún fue peor cuando en el XVI fueron derrotados por los españoles. Pero su cosmovisión sigue viva, sus costumbres, sus mercados. Aquí se produce una situación de conflicto. Mientras el colorido indígena es una de los grandes atractivos, el turismo puede acabar convirtiendo algunos lugares, algunos mercados y algunas costumbres en caricaturas, en escaparates carentes de carne y alma. Por ejemplo, la ciudad más hermosa es Antigua, la perla de la época colonial. Callejear por Antigua es un placer. Pero toda la ciudad es un escaparate, un escaparate muy bien protegido por la policía. Ahí sí que no te roban aunque andes borracho por la calle a las tres de la mañana. Todo son hoteles, restaurantes, tiendas para turistas. Cuando te sientas a comer siempre te dan la carta en inglés y hay gringos por todas partes. Se publican muchas revistas y fancines, muy interesantes pero todos en inglés o, como mucho, en inglés y en español. De hecho, la mayor parte de los establecimientos y de las galerías de arte son de extranjeros. El “síndrome de Hemingway” lo llamo yo.
L.M.: También me hablaba de la naturaleza.
D.M.R.: Es espectacular. Guatemala tiene una situación privilegiada en el continente. Está alejada del ecuador pero se beneficia de unos cálidos alisios que vienen del mar de las Antillas, con lo que su clima es subtropical, aunque tiene algunas zonas más frías. Sólo la mayor o menor cantidad de lluvia distingue las estaciones. El Petén es la mancha forestal más importante de América, tras la Amazonia. Toda Centroamérica es de una riqueza extraordinaria porque es puente entre la región neártica y la región neotropical. De hecho “guatemala” procede del quiché “quauhtemallan”, que significa “tierra de árboles”. Pero la degradación es muy grande y acelerada. Los campesinos roturan y queman la selva para adquirir derechos de propiedad mal definidos desde siempre, mientras que la gran industria ambiciona el petróleo y el oro que esconde el subsuelo. También proliferan las graveras y canteras, sin ningún tipo de restricción ambiental. Además, las empresas regalan a la gente la materia prima de construcción o les hacen canchas deportivas en los lugares excavados. Así contentan a la población. Pero, cuando ves el corte de la montaña, observas que hay alguna capa que no se entrega, sino que sale en camiones hacia el norte. Hay, concretamente, una tierra blanca con una especie de cristales que no se queda en Guatemala. He tenido en la mano esa tierra, concretamente de una cantera del valle de  Palajunoj. Yo no sé lo que es pero sí sé que hay una guerra internacional por el control de “tierras raras”. Y lo mismo pasa con el agua. Por otra parte, el cambio climático ha puesto en marcha operaciones a plazo medio-largo de ocupación de las tierras intertropicales por parte de los ricos del norte. Esto no es cosa de Iker Jiménez. Es parte del nuevo orden internacional que está despuntando.
L.M.: Otro día hablaremos de esto. Es espeluznante, la verdad. ¿Cómo ve el futuro de Guatemala?
D.M.R.: Veo muy mal ese futuro, de Guatemala y de Centroamérica en general. Miras a Perú, a Ecuador, a Bolivia y ves una cierta mejora social y un  cierto crecimiento, pequeño y de evolución lenta, pero lo ves. Morales, Humala, Correa, van intentando cosas y consiguiendo salir poco a poco del pozo. Eso no lo veo en Guatemala, ni en El Salvador, ni en Honduras, gobernados por la oligarquía de siempre. Tampoco lo veo en esa Nicaragua secuestrada por un sátrapa como Ortega, que acaba de descubrir el nacionalcatolicismo de Franco. Por cierto, otro icono de la izquierda europea que se derrumba. Y ningún socialista o comunista de referencia en Europa dice nada. La satrapía izquierdista tiene bula. No tengo ninguna receta pero aprendí con los mayas que la solución está en tu propio corazón. Es posible que la solución esté en “desconectar”, en volver a lo que siempre hiciste, a tus tecnologías, a tus viejos usos. Además la globalización, tan atroz en muchas cosas, te permite estar en contacto con gente que te apoya, en Estados Unidos, en la Unión Europea, en Japón, en Canadá, en Australia… Son pobres pero están conectados a internet. La única solución es que sigan la senda que sus “abuelos” trazaron. En esto sí me he convertido en un maya, he aprendido mucho de ellos, pero es que también lo pienso para mi propio país, para Asturias.
L.M.: ¿No recibe Guatemala inversión extranjera? Todos los analistas, o la mayoría, dicen que para crear riqueza es necesaria la inversión, una inversión que parece imposible con capital interno en estos países. Se supone que la inversión reduce la pobreza.
D.M.R.: La inversión, extranjera o de dentro, no genera riqueza en el país mecánicamente. Nos olvidamos frecuentemente de la organización social y del papel del estado. Y aquí está el problema de Guatemala. Vamos a poner un ejemplo. A principios de los ochenta se inició la explotación petrolífera en El Petén, evidentemente con inversión extranjera. El campo petrolífero de Xan produce unos 12.000 barriles de petróleo cada día. Los habitantes de la zona, algo más de 100.000, casi treinta años después del inicio de la actividad petrolífera, presentan indicadores terribles: una de las tasas más altas de homicidios del país, casi un cuarenta por ciento son analfabetos, ocho personas de cada diez viven bajo el umbral de la pobreza, más del treinta por ciento padece desnutrición y en sus hogares utilizan, paradójicamente, leña como único combustible. Y podemos ver otro caso. En Chixoy se construyó una gran central hidroeléctrica con fondos de organismos internacionales. No sólo la población de la región no se ha visto beneficiada sino que más de cuatrocientas personas fueron asesinadas por oponerse a esa inversión tan modernizadora. La inversión a veces no es más que depredación y expolio.
L.M.: Entonces, ¿no corren por Guatemala esos nuevos aires de cambio que parece haber en el resto de América Latina?
D.M.R.: No, ese viento no ha llegado a Guatemala, no ha llegado a Centroamérica. El gasto público en educación, por ejemplo, es muy inferior al de un país como Bolivia, que comparte con Guatemala los últimos puestos de desarrollo en América. Lo mismo pasa en sanidad. Hay un problema básico: no existe un verdadero sistema fiscal, elemento fundamental para atenuar problemas y aproximar niveles de renta y capacidad de acceso a los servicios. Y no veo en un futuro próximo grandes cambios en estas cuestiones.
L.M.: Para terminar quería hacer una referencia al fin del mundo programado para diciembre del 2012. Se llenaron las tertulias de todos los medios de opinantes y hasta salieron las típicas sectas apocalípticas con sus teorías y sus amenazas. Usted estaba en Guatemala en el 2012. ¿Qué me puede decir?
D.M.R.: Si los judeocristianos no entienden, por lo general, el “Apocalipsis” de Juan, que pertenece a su tradición y se ponen a pergeñar cuentos de miedo, ¿qué no tonterías dirán de lo del 2012? Si es que la gente ni siquiera sabe que “apocalipsis” significa “revelación” y no “fin del mundo” u “holocausto”. Vamos a ver. Hay que tener en cuenta que los mayas cuentan en base cuatro, porque empezaron a hacerlo con los huesos de los dedos, tres de cada uno y uno por la palma de la mano. Para ellos todo es cíclico y los ciclos, que son ocho,  se suceden por la combinación de tres números: el 4, el 13 y el 20. Es algo aparentemente complicado, pero si le explicaran la estructura de los círculos solares clásicos, como me lo hicieron a mí, lo entendería bastante bien, sobre todo si tiene usted una cierta formación matemática. Y el libro sagrado, “Poh vuh”, lo explica bien. Todo inicia con un equilibrio, “un q’ij”, sobre el que actúan 13 energías. Eso nos lleva a un ciclo de 20 días, “winaq”; y a otro de 260, “cholq’ij”; y a uno último de 356 días, un año, “q’ab’o tun”. En conjunto este sería el ciclo corto. Después vendría el ciclo medio, de 52 años (4x13) y el ciclo largo, “katún”, de 260 años (20x13). Finalmente, se llega al gran ciclo, “b’aqtun”, de 5.200 años (260x20), que traería una revolución en las conciencias, en la vida y en la cosmovisión que nos llevaría a un nuevo equilibrio, a un nuevo “un q’ij”. Y esa revolución, que comienza cuando el sol marca el “oxlajuj b’aqtun”, se daría a finales del 2012 de la era cristiana, cuando el solsticio de invierno.     
L.M.: ¿Y qué le parece?
D.M.R.: Es complicado, desde luego. Pero es evidente para mí que la vida es cíclica y que la idea del progreso lineal occidental es un error. Pero es que los mayas no se basan en divinidades, ni en promesas de mesías, sino en los cálculos matemáticos. En el fondo son como los platónicos, tienden a creer que los números existen en la realidad. Pero, sea diciembre de 2012 o marzo de 2015, me parece evidente que se aproxima un cambio de cosmovisión porque la Tierra, a la que los mayas veneran, como lo hacían los celtas, los egipcios o los apaches, no da más de sí. Es necesario un nuevo pacto entre la humanidad y la naturaleza, que se parece mucho a los pactos con los dioses de la antigüedad. Y en eso las enseñanzas ancestrales de los mayas pueden ser muy útiles. Se trata, tal vez, del único pueblo relativamente numeroso que mantiene la rama sagrada del conocimiento. Pero, volviendo a lo que antes hablábamos, el “Apocalipsis” de Juan se puede interpretar de una forma parecida y también todos los esoterismos cristianos, islámicos o judíos, que existen y son muy ricos en tradiciones. 
L.M.: ¿Cuándo regresará a Guatemala?
D.M.R.: No lo sé. La maestría está ahora pasando por una reconfiguración porque se han cometido algunos errores que hay que reparar. Si todo va bien volveré en junio o julio. Si va regular lo haré entre septiembre y diciembre. Si nos ponemos en el peor escenario, quedará para el año que viene, para la primavera del 2015. Pero regresaré porque el programa continuará. Chi Pixab’ sigue trabajando y la Universidad Autónoma de Madrid mantiene su compromiso.
L.M.: Muchas gracias, profesor, por su siempre atenta respuesta a este programa.
D.M.R.: Gracias a ustedes y un saludo a los oyentes. Y no es ningún esfuerzo por mi parte. Ya sabe que me encanta hablar. Buenas noches.    

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