4.1.13

El movimiento lento en su contexto socioeconómico


La segunda década de los años setenta del siglo XX vino marcada por la crisis iniciada a principios de la misma. Por vez primera el sistema capitalista, que había vivido desde mediados de los cincuenta su edad de oro, su era de la expansión, se encontraba frente a un grave problema: el petróleo, la savia del modelo, se encarecía y hacía aflorar las grandes debilidades que provocaba la adicción a la energía. Pero también se produjo la desaparición de los bancos de anchoveta, base de la ganadería porcina, lo que produjo un enorme colapso en la producción pecuaria. Paralelamente, la crisis de la soja alteró todo el mercado internacional y repercutió también en el resto de la ganadería, especialmente en el sector lácteo. El resultado era que nos encontrábamos ante una crisis de recursos naturales y una crisis alimentaria.
En esos mismos años el modelo de crecimiento indefinido, paradigma optimista herencia de la economía clásica, sufría el duro ataque de una idea que, si bien era tan antigua como el propio pensamiento clásico, siempre había circulado por los márgenes de la ciencia económica: el estado estacionario. El informe que el equipo de Meadows realizó para el Club de Roma, Los límites del crecimiento, iba a ser un golpe muy fuerte a un modelo que no entendía su propia crisis ni, en definitiva, sabía como podía salir de ella. Simultáneamente, el movimiento naturalista abandonaba su política exclusiva de protección de espacios y especies para pasar a convertirse en un movimiento ecologista que entendía que el deterioro ambiental no era un problema sino un síntoma del problema. Y el problema no era otro que el modelo de crecimiento. Por último, la brecha del subdesarrollo era cada vez más ancha y profunda, con dos tercios de la humanidad en situación muy precaria cuando no en la más absoluta pobreza.
También en estos años era evidente la crisis ideológica de los movimientos sociales clásicos. Los movimientos socialistas, en cualquiera de sus escuelas y familias, eran incapaces a regenerar su discurso, anclados unos en una ortodoxia anticuada, desilusionados otros ante un socialismo realmente existente del que ya no era posible ocultar la brutalidad y desorientados otros más tras dos décadas de un keynesianismo enriquecedor y redistribuidor. Pero el hecho de que la vieja alternativa del movimiento obrero y campesino no encontrara su camino no quería decir que la razón por la que había aparecido, un mundo injusto dominado por las clases dominantes, hubiera dejado de existir.
A partir de aquí el pensamiento crítico y las iniciativas ciudadanas entraron en un proceso de lenta conformación. Los años ochenta y noventa, con un pensamiento único que aparentaba barrerlo todo, constituyeron un silencioso camino. El crecimiento cero dio paso al desarrollo sostenible, en una reformulación del estado estacionario aunque con una visión un tanto más optimista del crecimiento. El problema no era tanto el crecimiento sino el estilo de crecimiento. Unos años más tarde surge el decrecimiento que, como su nombre indica, plantea una política de crecimiento negativo del producto bruto.
Mientras tanto, más o menos bajo este tipo de teorías y también más o menos de forma espontánea, fueron apareciendo iniciativas y grupos de la más diversa condición, lo mismo en los países desarrollados que en los subdesarrollados. Así se convierten en centrales la soberanía alimentaria, la justicia climática, la pesca responsable, el patrimonio de la humanidad, el ecopacifismo, el turismo responsable, el comunitarismo indígena, etcétera. Paralelamente, la recesión de la segunda década del siglo XXI ha revitalizado a parte de los movimientos clásicos, de forma que una nueva  izquierda comienza a tomar vigor e incluso a formar gobiernos. Sin embargo, si observamos sus programas básicos y sus ideas más difundidas, veremos que, a parte de las consignas clásicas, retóricas las más de las veces, son un sumatorio de todas esas otras corrientes que hoy están en ebullición.      
Una de esas corrientes nacidas hace veinte o veinticinco años es el movimiento lento (slow movement), iniciado en 1986 como reacción a la instalación en la plaza de España, en Roma, de un local de McDonald’s. A juicio de muchos, tal hecho hacía confluir tres líneas con las que eran críticos: la mudialización homogeneizadora, la destrucción de los hábitos alimentarios tradicionales y la ocupación por grandes empresas de los espacios más emblemáticos de las ciudades. Así nacía slow food, como reacción al fast food, germen de un movimiento que en dos décadas se extendería a la educación, a la vida cotidiana, a la cultura, al sexo y a un largo etcétera. En este proceso, tal vez el intento más interesante y, a la vez, el que genera más contradicciones es el de ciudades lentas (slow cities).
Los objetivos del movimiento lento son ralentizar y calmar las hoy tan agitadas actividades humanas y que las personas tomen control de su tiempo. Por eso su símbolo es un caracol. Es un movimiento no jerarquizado, con un ideario de carácter comunalista que revindica la recuperación de los espacios públicos, el ágora, la revalorización de los grupos pequeños a escala humana, cierto nivel de autosuficiencia local, etcétera… Aunque, como quedó dicho, es un movimiento extendido a casi todos los ámbitos de la vida, su origen alimentario tiene un enorme peso en las actitudes cotidianas de sus seguidores: comer productos obtenidos lo más cerca posible, utilizar productos no contaminados ni transgénicos, comer en torno a una mesa y sin encender la televisión, conversando con amigos… En definitiva, se trataría de ser selectivos en la actuación y conscientes de cómo empleamos nuestro tiempo.
El movimiento slow tiene claros precedentes en una serie de corrientes posteriores a la primera revolución industrial, e incluso anteriores a ésta. Entonces como hoy existieron corrientes que vislumbraron el futuro al que se podría llegar de extremarse la división del trabajo, la concentración procedente de las crecientes economías de escala, el abandono de las formas tradicionales de convivir y producir, la mecanización, la dependencia de los agroquímicos, la destrucción del tejido urbano de pequeña escala… En este sentido, es frecuente en estos nuevos movimientos el intento de conceptualización y de articulación sin detenerse a atender a las discusiones prexistentes, como está sucediendo en una buena parte del archipiélago de los indignados. Largos años de pensamiento único hicieron creer a muchos que estamos asistiendo a modelos de cambio totalmente novedosos, mientras que las viejas polémicas nos aportan un conocimiento previo de dónde estuvo la clave de los pocos éxitos y la de los muchos fracasos.    
El movimiento lento forma parte de ese cúmulo de movimientos emergentes cuya evolución es incierta y que presentan toda una serie de relaciones sociales a veces contradictorias, y que se posiciona de forma heterogénea ante el sistema económico hoy existente. Así, aunque por lo general se trata de iniciativas críticas con el modelo, nos encontramos tanto con iniciativas claramente anticapitalistas como con opciones de reformismo más o menos conformista.
Para que un movimiento se consolide y acabe triunfando deben darse dos condiciones: la necesidad de un cambio y la toma de conciencia acerca de esa necesidad. Pero, una vez dadas esas dos condiciones, si se pretende ir más allá del análisis teórico, aparece una tercera necesidad: la existencia de grupos de acción. Es en este tercer momento cuando aparecen divergencias entre los distintos movimientos. En unos casos la acción es básicamente combativa, orientándose a una defensa de las ideas y del grupo y dejando la construcción de una sociedad distinta para cuando se derriben las estructuras actuales. En otros casos, a la vez de poner en marcha mecanismos de defensa, el grupo trata de prefigurar la sociedad a la que aspiran, constituyendo estructuras y organizaciones que funcionen con los criterios con los que funcionaría esa misma sociedad a la que se aspira.
En la historia de los movimientos sociales nos encontramos con buenos ejemplos de ambas líneas de actuación. Así, el socialismo y el comunismo de raíz marxista se fundamentó en el partido que conforma la vanguardia del movimiento y que, tras la victoria, gobernaría durante un período transitorio en el que se asentarían las bases para el futuro. Por el contrario, los comunistas de base anarquista, además de la lucha cotidiana destructiva, trataron de crear estructuras que prefiguraran el modelo futuro, por ejemplo, frente a la fórmula del partido, organizaciones sin jerarquías autoritarias.
Este último planteamiento, de cierta reminiscencia nietzschiana (“somos hoy lo que queremos ser mañana”), es visible en el movimiento lento y, en general, en todas las iniciativas que pretenden modificar las actuales relaciones de producción y de consumo, poniendo en tela de juicio el concepto de crecimiento y viendo en el mismo el principal peligro para la humanidad. Pero –y aquí hallamos una diferencia notable- mientras que tanto marxistas como anarquistas compartían el juicio de que era preciso superar el capitalismo, los nuevos movimientos presentan divergencias en su seno.
En general, el movimiento slow, pese a su planteamiento crítico, no rompe con la lógica capitalista. El ejemplo más apropiado son las ya citadas ciudades lentas. Este programa es tal vez el más exitoso y el más conocido, ya que se configura como una alternativa a la vida compulsiva y al tiempo veloz, así como a la recuperación de ciudades pequeñas y medias. Sin embargo, su base fundamental para la obtención de renta es el turismo, un turismo de alto poder adquisitivo y de elevada cultura. Ello conlleva a que con excesiva frecuencia se rompe con el objetivo de acortar los trayectos y de no depender de los medios de transporte, que son configuradores de un mercado mundial, concentradores de capital, grandes consumidores de energía y notables emisores de contaminantes.  
En definitiva, las teorías del crecimiento cero, del desarrollo sostenible y del decrecimiento, inspiradoras en último término del movimiento slow o, cuando menos, posibles marcos teóricos para un modelo de desarrollo equilibrado, ¿son compatibles con el mantenimiento del capitalismo? El capitalismo ha venido demostrando su enorme flexibilidad, su capacidad de adaptación a casi todas las circunstancias, pero es incapaz de mantenerse un tiempo prolongado en situación de estancamiento. Siempre que una depresión económica amenazaba con ser más duradera de lo aceptable, el sistema resolvió el problema con una guerra, destruyendo el capital productivo para, después, volver a crecer con más brío. Estos hechos muestran que el capitalismo solamente puede mantener el equilibrio del ciclista, sólo es estable cuando avanza, cuando crece, y aun así con grandes disparidades sociales y regionales.
La hipótesis del no crecimiento es, seamos prudentes, difícilmente aplicable al sistema capitalista pero, conforme a una lógica de supervivencia y de buena vida, también es posible prefigurar unas estructuras nuevas en el seno del modo de producción imperante. Esa es la importante apuesta del movimiento lento. Tal vez estemos entrando en un período de transición en el que el capitalismo trate de adaptarse una vez más y las nuevas líneas de trabajo traten de impedir que vuelva a mostrar su negro rostro. Hemos entrado en un momento en el que las ideas, las nuevas y las antiguas, están formando un magma de difícil concreción pero que aflorará tarde o temprano. Y es que, terminando con una observación graciosa, a la lentitud y al no crecimiento no podemos ir corriendo.     

4 comentarios:

  1. Llámame profundamente l'atención el fondu silenciu col que s'arreciben les entraes sobre economía y, en xeneral, sobre too aquello que nun seya asturianismu/nacionalismu asturianu.

    Esta entrada ye bien didáutica. Presta poder deprender pali que pali sobre estes custiones entrando equí.

    Yá de pasu comento que me paeció perinteresante tamién la entrada cola entrevista que te fixo la moza de periodismu. A esa España heriede de la transición quéda-y poco porque cada vuelta somos más los que nun la vivimos y los que mos movemos yá nun tenemos llercia (a lo menos non del xeitu que tenía daquella la sociedá).

    Un saludu candial!
    Pelayu.

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  2. Pelayo, ye que'l tarrén de la economía ye difícilmente comentable o discutible si nun tás mui puestu nel tema, la mayoría la xente quedámonos coles crítiques xenerales. De toes formes ún yá va munchos años que sintió falar d'ondes curties y ondes llargues, de les soluciones béliques a les crisis fonderes, etc. Ensin facer de menos el valor que tien o pueda tener lo que diz David, dalgunos preocupámonos de lleer tamién (y esforcianos por asimilar) lo que dicen xente como Pedro Montes, Michel Husson, Claudio Katz, etc, toos ellos economistes d'izquierdes. Por eso mos permitimos anticipanos dos años cuando dixéramos coses como "hai una crisis bien grave y tal o cual organización nun paez que vaiga tar al altor de la xera". Y yá lo ves, acertamos, por desgracia.

    Colo que dices de "esa España heriede de la transición", nun sé mui bien a qué te refieres, pero bueno, David cuenta la versión de lo que vivió elli, otros cuntaríen otra. Y discrepo contigo, pero non, aquella "España de la transición" tá presente y bien presente, más bien pa mal que pa bien.

    Saludos pa los dos.

    PD: David, gracies por permitir otra vuelta los comentarios, nun hai que comese la moral por un estúpidu del nivel intelectual d'un guah.e de 3 añinos.

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  3. Anónimu amigu: tienes tola razón. Perdiera la moral. Pero dime cuenta de lo mesmo que tu te dieras cuenta... Nun hai nada meyor que la llibre discusión... Pídovos esculpies, de verdá...

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  4. Mui interesante y bastante esclarecedor. Paezme una bona interpretación de lo que cuido que ye lo más difícil d'analizar: la realidá magmática y cambiante del "agora mesmo".
    Y una caxigalina: al principiu, onde dices "La segunda década de los años setenta" supongo que quedríes dicir "la segunda metá".

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