13.1.12

El suicidio de Europa

La historia del capitalismo es la historia de sus crisis. Sin embargo la economía ortodoxa, convencional, identificable con la escuela neoclásica, aunque esta apreciación no es del todo rigurosa en algunas ocasiones, se viene ocupando de estudiar recurrencias y equilibrios. De esta forma, el horizonte teórico y metodológico se empobrece y empequeñece, apareciendo sus debilidades cuando, precisamente, mayor necesidad se tiene de una interpretación correcta de los fenómenos que es, evidentemente, cuando surgen los problemas.
La situación en la que nos encontramos en la actualidad es una de tantas en las que la ciencia económica no supo interpretar el curso de los acontecimientos hasta que estalló el tinglado. La burbuja financiera de los valores tecnológicos ya había avisado con cierta antelación pero no se quiso limitar un mercado desbocado y se continuó alimentando otras burbujas vinculadas al sector inmobiliario y a sus correlatos financieros, especialmente la red hipotecaria norteamericana.

Pero los indicadores eran preocupantes y así lo hicieron ver determinados economistas de diversas corrientes de pensamiento. No sólo aparecieron esos peligrosos “agoreros de izquierda”, siempre dispuestos a aguar la fiesta del sistema económico, sino que analistas como Krugman o Stiglitz hicieron lo mismo. De nada sirvió. Los mercados continuaron su marcha hacia el desastre, aplicando la única lógica que los mueve: correr hacia adelante antes que modificar sus leyes o atemperar sus vicios. Paralelamente, los gobiernos, presos del pensamiento único economicista, con independencia de colores y banderías, o no quisieron ver la realidad –caso de España- o creyeron firmemente que la autorregulación sería automática.

La crisis se ceba con especial virulencia sobre la Unión Europea, un club de ricos que hace tiempo que no sabe muy bien qué hacer y que se ha venido empeñando en seguir la peor política posible, la de desmontar, precisamente, todo aquello que caracteriza a la propia Europa y que, en general, reconocemos como estado de bienestar. De este modo, cada vez que la unión o un país concreto aplicaba una política para, por ejemplo, responder a la crisis de la deuda soberana, destruía tejido social y músculo democrático para, un poco más tarde, ver ataques más fuertes aún contra esa deuda soberana. Cada vez que la política ortodoxa al estilo de Merkel se ponía en marcha, las primas de riesgo se disparaban. De este modo, las políticas aplicadas acababan empeorando las cosas.

Y, como decía, esas políticas han sido las mismas en todas partes, con independencia del color político de los gobernantes. De este modo, Portugal inició su calvario con la izquierda en el poder; ganó después la derecha y los problemas aumentaron. En Grecia ocurrió el fenómeno contrario y allí la izquierda entrante tampoco pudo resolver el problema. Italia mantuvo gobiernos de derecha y España gobiernos de izquierda y los dos países vieron su prima de riesgo cerca del bono basura.

Lo peor que se puede hacer cuando los mercados se desbocan es alimentar su voracidad. Ya dejó escrito Keynes que los mercados pueden mantenerse irracionales mucho más tiempo del que dura nuestra solvencia. Habría sido necesaria una política de freno desde el poder público y, pese al tiempo perdido, aún se puede hacer algo. Pero para ello se requiere que la Unión Europea recupere su identidad y avance hacia políticas más integradas y no abandone el camino unificador. Es necesario que el Banco Central Europeo se comporte como lo que debe ser, un verdadero banco central, con capacidad de emisión y de intervención en el mercado. Pero el problema radica en que más que un banco se trata de una oficina de control de precios, conforme a la vieja obsesión del Deuchbank por la disciplina monetaria y el control de la inflación. Son viejas políticas de otro tiempo, por mucho afecto que les tenga Merkel, que se ve tentada por una “regermanización” de Europa que provoca acoso a otros países. Esta miopía perjudicará a medio plazo a la misma Alemania, la gran beneficiada del modelo de integración europeo, puesto que su principal cliente es, precisamente, la propia unión. Además, si España siguiese el camino de Irlanda, Grecia o Portugal, siendo como es una economía muy superior en tamaño, las tensiones sobre el euro harían tambalearse a la aparentemente potente Alemania. De hecho, la misma economía francesa ha pasado ya por notables episodios de inestabilidad, con acoso a su deuda soberana.

No es superfluo recordar lo acordado en Londres en 1951. Alemania, que sin pagar todavía la deuda de la primera guerra mundial se veía obligada a pagar por la correspondiente a la segunda, hizo un angustioso llamamiento a la solidaridad de sus anteriores enemigos. Solicitó aplazar el pago de los intereses hasta su hipotética reunificación, además de pedir la condonación de una parte del principal. El país estaba al borde del colapso y la sombra del hambre empezaba a proyectarse. Alemania fue atendida, encarriló su economía e inició un crecimiento al que conocemos como “milagro alemán”. Pues bien, uno de los países más beligerantes a favor de Alemania no fue sino Grecia, que perdonó una deuda que, cosas de la traviesa historia, es equivalente a la que ahora Alemania exije a Grecia.

Los mercados no son la fantasmagoría que parecen. Detrás de esa ficción están especuladores con comportamientos racionales, agentes que toman decisiones calculadas, no a lo loco, como parece que algunos quieren contar. Y en esas decisiones tienen un enorme peso las señales que emiten los gobiernos y los bancos centrales. Como en el caso de la Unión Europea la señal emitida es que no se va a hacer nada o, en otros casos, se va a cebar aún más a la banca privada, los mercados reaccionan atacando con mayor violencia. Si las señales emitidas fuesen de otra naturaleza, se cuidarían algunos agentes de que sus enormes ganancias no se tornasen en pérdidas delante de una dura y decidida política económica.

No nos encontramos ante una crisis económica como tantas otras, sino ante la quiebra de un modelo social y político. La democracia y la soberanía ciudadana están en discusión y los gobiernos deciden reformar constituciones, cambiar radicalmente el modelo social de mercado –que pasa a ser solamente de mercado-, cuando no se constituyen sin celebrar elecciones. Ese estilo de desarrollo, propio de lo que antes llamaban “el genio europeo”, es lo que está quebrando. Y un paso atrás en esa vía puede hipotecar a Europa para muchos años o, incluso, ser irreversible. Cuando releemos la crisis de los años treinta y analizamos el comportamiento de los dirigentes –con Roosevelt a la cabeza- sonroja escuchar y leer a los políticos que nos tocaron en suerte en esta ocasión.

No estamos ante una crisis económica mundial. Asia y América Latina arrojan ratios de crecimiento muy importantes. Si algo caracteriza a esta situación es que Europa, esos treinta estados desarrollados –veremos si no estamos hablando ya de historia económica-, se está hundiendo ante la inacción de sus gobiernos y de su banco central. Ni siquiera Estados Unidos, donde se inició el proceso, está sufriendo tanto. Y ello por dos razones: allí sí hay un banco central y China está dispuesta a sostener el dólar como garantía de futuro. Aunque China u otros países quisieran hacer lo mismo con el euro, se encontrarían con la paradoja de que es la propia Unión Europea quien se lo impediría.
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