24.3.10

La crisis, por su nombre

Después de doscientos años de capitalismo, con sus ciclos depresivos y expansivos, es cada vez más difícil comprender por qué continuamos aferrados a un lenguaje economicista que, en lugar de hacernos más fáciles las cosas y ayudarnos a entender mejor la realidad, se ha convertido en uno de los grandes problemas. El método científico no consiste en hacer de una estructura simple una estructura compleja sólamente inteligible para iniciados, sino en observar estructuras complejas y poder entenderlas de forma cada vez más simple y, por lo tanto, que sean más comprensibles para todos. Pues bien, en estos doscientos años que nos separan de los clásicos de la economía, el camino que ha seguido esta pseudociencia es, justamente, el contrario.
Dicen que vivimos una crisis sin precedentes, aunque para todo hay precedentes. Pero lo más importante es que, bajo estas argumentaciones –crisis financiera, monetaria, comercial, etcétera, etcétera- no existe un verdadero análisis de la realidad. Nuestro modelo económico no sufre una crisis, sino que lo que llamamos crisis es su estado natural. Siguiendo con la terminología convencional, toda crisis es corolario de una expansión previa y todo desequilibrio proviene de un equilibrio anterior. Es la esencia del sistema.
Nos hemos acostumbrado a entender que la riqueza y el bienestar es el orden natural –aquí la mano invisible de Smith juega un importante papel-, cuando la realidad es que siempre ha sido la pobreza y el malestar lo que ha caracterizado al modelo. Sólamente una cuarta parte de la humanidad ha conocido la cara amable del sistema y, además, cuando es necesario un ajuste duro, éste se realiza sobre las espaldas de las nueve décimas partes de aquella cuarta parte. El resultado es claro: la realidad es que solamente unos 125 millones de personas se encuentran permanentemente en el disfrute de nuestro sistema económico.
El problema no es la actual crisis –que lo es, evidentemente, para quienes pierdan el empleo o la vivienda- como no lo fueron las crisis anteriores. Las crisis de finales del XIX y de principios del XX no se resolvieron con las medidas de la nueva teoría del neoclasicismo, como tampoco la de los años treinta se resolvió con el New Deal de Roosevelt y las políticas keynesianas. Aquellas crisis se resolvieron con la guerra francoprusiana y las primera y segunda guerras mundiales. Tampoco la crisis de los setenta fue resuelta por el neoliberalismo, sino por la orgía armamentística de la guerra fría y la cincuentena de crueles dictaduras y satrapías de Asia, África y América.
Si queremos superar la crisis actual, lo primero que hay que hacer es llamar a las cosas por su nombre. No existe la crisis, sólo existen movimientos naturales de acumulación y destrucción, no de valor necesariamente, sino de personas. En la expansión toda la gente es necesaria, en la depresión no y los sectores subalternos se convierten en un laste para esa décima parte de la cuarta parte que desconoce en su vida cotidiana el concepto de “crisis”.
Seguimos tratando los síntomas como si fueran la enfermedad misma. Pero vamos a descender a lo cotidiano. Hoy nos plantean, en España por ejemplo, la necesidad de aumentar la edad de jubilación, reducir las prestaciones sociales y otras cosas semejantes. Podría ser razonable, pero no lo es en absoluto si no atendemos a otros componentes del producto interior. Es fácil reducir el gasto público, cuyo crecimiento incontrolado es un síntoma de una posible enfermedad. Pero, si no modificamos el ingreso público, sólamente estaremos transfiriendo renta de las clases medias y bajas hacia los bolsillos de las clases altas.
Los gobiernos o la mayor parte de los gobiernos no son sino formas oligárquicas de apropiación de renta. Según datos del ministerio de hacienda español, la renta media de los asalariados y de los funcionarios es mayor que la renta media de los empresarios. Son datos de las declaraciones de IRPF. Nuestro empresariado, cual ONG solidaria, monta negocios para que sus trabajadores vivan mejor que ellos. La razón es clara, el porcentaje de la economía sumergida sobre el producto interior es impresionante, muy por encima de lo que el ministro Corbacho declaró. Según expertos solventes, sobrepasa el veinte por ciento del PIB. Pero –de nuevo las hipocresías del sistema- al locuaz ministro la cayó una reprimenda porque, si eso se reconoce, las ayudas de la Unión Europea quedarían comprometidas.
Podemos poner un ejemplo muy claro. Un hostelero tiene diez mesas. En ocho come gente el plato del día, de ocho euros, mientras que en dos comen arroz con langosta, de cincuenta euros. Pero los comensales del arroz se marchan todos los días sin pagar, mientras que los del menú pagan religiosamente. ¿Qué hace el hostelero?: en vez de perseguir a los que incumplen con la obligación de pagar decide subir el menú del día a veinte euros. Arreglado el problema, equilibrado el presupuesto.
Podemos superar la crisis… hasta la siguiente. También podemos resolver los problemas como se hizo a finales del XIX y un par de veces en el XX, destruyendo medio mundo para volver a construir. Muchos de los propios teóricos del capitalismo afirman con orgullo que su gran virtud es que se basa en la destrucción creadora. El problema es que nunca contaron con los límites ambientales. La salida ya no es tan fácil. Si los dos momentos más importantes de la historia, la revolución neolítica y la revolución industrial, fueron movimientos casi inconscientes, impulsados por el desarrollo de las fuerzas productivas, la próxima ha de ser consciente o caminaremos hacia la barbarie o hacia a la extinción.
Hace ya casi cuarenta años, en plena euforia keynesiana, un gran economista que procedía de la ortodoxia y que, desgraciadamente, está olvidado, Mishan, se dio cuenta de todo este asunto. Él entendía que solamente había una alternativa al disparatado modelo económico basado en el crecimiento por el crecimiento, modelo al que él atribuía los enormes costes sociales que se padecían pero también, incluso, las raíces más profundas de las grandes depresiones. Esa alternativa a la lucha constante por el crecimiento no era otra que la de no luchar por el crecimiento. Y añadía en su principal libro que sólo quedaba que nos tómaramos en serio tal opción.
Desde entonces pasaron muchas cosas y aparecieron muchos movimientos. Pero nosotros, en el centro del sistema, seguimos creyendo que los reyes magos nos traen juguetes por los que, evidentemente, no pagamos ni un mísero euro. Consumimos nuestro capital natural y cultural creyendo que estamos consumiendo renta. Lo que pensaba Smith, aunque él tiene las atenuantes de ser pionero y de vivir en el siglo XVIII.
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5 comentarios:

  1. ¡Vaya analís, compañeru! Llueu dirán que nun yes un radical porque nun emplees les palabres fuertes de siempre. La crítica al capitalismu agora tien que dir asina. Norabona pol artículu.

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  2. Gracies fonderes por facer cercanu daqué que nun ye afayaivo pa nós.

    Prestaríame darréu un artículu falando más fóndamente de les posibles alternatives pa esti modelu.

    Salú!

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  3. La crisis financiera explicada de manera sencilla

    ¿Qué es la crisis económica?, así me lo explicaron un día:


    Telva es la propietaria de un chigre en Xixón. Como es natural, quiere aumentar las ventas, y decide permitir que sus clientes, la mayoría de los cuales son alcohólicos en paro, beban hoy y paguen otro día. Va anotando en un cuaderno todo lo que consumen cada uno de sus clientes. Esta es una manera como otra cualquiera de concederles prestamos. Muy pronto, gracias al boca a boca, el bar de Telva se empieza a llenar de clientes.

    Como sus clientes no tienen que pagar al instante, Telva decide aumentar los beneficios subiendo el precio de la sidra y de la cerveza, que son las bebidas que sus clientes consumen en mayor cantidad. El margen de beneficios aumenta vertiginosamente.

    Un director del banco con el que trabaja Telva, muy emprendedor, se da cuenta de que las deudas de los clientes del bar son activos de alto valor, y decide aumentar la cantidad del préstamo a Telva. El directivo del banco no ve ninguna razón para preocuparse, ya que el préstamo bancario tiene como base para su devolución las deudas de los clientes del bar.

    En las oficinas centrales del banco los directivos convierten estos activos bancarios en bebida-bonos, alcho-bonos y vomita-bonos bancarios. Estos bonos pasan a comercializarse y a cambiar de manos en el mercado financiero internacional. Nadie comprende en realidad que significan los nombres tan raros de esos bonos; tampoco entienden que garantía tienen estos bonos, ni siquiera si tienen alguna garantía o no. Pero como los precios siguen subiendo constantemente, el valor de los bonos sube también constantemente.

    Sin embargo, aunque los precios siguen subiendo, un asesor de riesgos financieros que trabaja en el mismo banco (asesor al que por cierto despiden pronto a causa de su pesimismo) decide que ha llegado el momento de demandar el pago de las deudas de los clientes del bar de Telva. Pero, claro este, no pueden pagar las deudas. Telva no puede devolver sus préstamos bancarios y entra en bancarrota.

    Los bebida-bonos y los alco-bonos sufren una caída de un 95% de su valor. Los vomito-bonos van ligeramente mejor, ya que solo caen un 80%.

    Los proveedores de bar de Telva, que le dieron largos plazos para los pagos y que también adquirieron bonos cuando su precio empezó a subir, se encuentran en una situación idéntica. El proveedor de sidra entra en bancarrota, y el de cerveza tiene que vender el negocio a la competencia.

    El gobierno interviene para salvar al banco, tras conversaciones entre el presidente del gobierno y los lideres de los otros partidos políticos. Para poder financiar el rescate del banco, el gobierno introduce un nuevo impuesto muy elevado que pagan los abstemios.

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  4. Munches veces esti blogue ye una verdadera clase d'economía ya otres disciplines. Ye d'agradecer esta "socialización" desinteresada del conocimientu.

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  5. Gracias, profesor, por esta píldora de sabiduría.
    La pena es que consolida mi visión negra del futuro, dada la incontrolable voracidad de la codicia que guía a los que de verdad controlan esto y a sus lacayos en el poder político.
    ¡Apañaos vamos!

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