20.1.10

La tragedia de Haití

Javier Fuentes: La naturaleza se ha ensañado con Haití. Usted siempre puso a este país como ejemplo de una trágica suma de pobreza y deterioro ambiental.

David M. Rivas: Es verdad. Si usted sobrevuela la isla de La Española de oriente a occidente verá como, de repente, desaparece el verde y todo se vuelve ocre y marrón. Cuando eso pasa es que ha cruzado usted la frontera entre la República Dominicana y Haití. Es el país más pobre de América, a mucha distancia por detrás de Bolivia, El Salvador y Honduras, que son los siguientes. De cada cien haitianos setenta están en paro, sesenta son analfabetos y cincuenta sobreviven con un euro al día. Pero la naturaleza es muy democrática: ataca con independencia de los modelos sociales y económicos. Movimientos sísmicos son frecuentes en el Caribe, pero también en el Pacífico norteamericano y japonés. Sin embargo en Estados Unidos o en Japón las consecuencias no son tan brutales. Haití, como otros países, no sufren con dureza los embates de la naturaleza porque sí. Los sufren porque son pobres, porque son subdesarrollados.


J.F.: Teniendo en cuenta lo que usted cuenta en las aulas y cómo interpreta la historia, esperaba una respuesta de este tipo. Pero, ¿por qué son pobres estos países?.


D.M.R.: Sería muy largo de explicar, pero sí le voy a dar una aproximación. Hasta prácticamente mediados del XIX no había diferencias importantes entre los países, lo mismo estados soberanos que colonias. Es a partir de la revolución industrial y de la expansión del capitalismo cuando la dicotomía desarrollo-subdesarrollo aparece, una brecha que se ampliará brutalmente a partir de los años cincuenta del siglo XX. El capitalismo se hace fuerte sobre el intercambio desigual: para que unos crezcan otros han de estancarse y ser subordinados.


J.F.: Haití fue el primer país independiente de toda América, incluso antes que los Estados Unidos.


D.M.R.: Así es. Y también fue el primer país del mundo que abolió la esclavitud. Estamos hablando del siglo XVIII. España, por ejemplo, no lo hizo hasta la última década del XIX. Los negros, esclavos buena parte de ellos, incendiaron los cafetales e hicieron huir a los amos franceses. Creo que fue el primer movimiento que izó la bandera roja como símbolo de rebeldía. Haití nació como estado soberano bajo las luces de la libertad, la igualdad y la fraternidad, y eso le supuso, paradójicamente, un destino atroz. Era la “perla” del imperio francés y los franceses jamás le perdonaron su autodeterminación. En una de las varias restauraciones monárquicas que Francia tuvo en el siglo XIX el rey Carlos X asumió como suya la venganza de los antiguos colonos. La república negra, jamás reconocida desde París, iba a ser obligada a indemnizar a los colonos expulsados si no quería verse bloqueada navalmente por la marina francesa o, incluso, ser invadida. Los haitianos tuvieron que hacer frente a una deuda de 150 millones de francos, lo que hoy serían unos veinte mil millones de euros. Aquí empezó la desdichada historia de Haití. Años después, cuando de la Francia imperial sólo quedaba el recuerdo, los Estados Unidos continuaron la política de acoso al pequeño país de los negros libres, aherrojándolo económicamente y sosteniendo a la criminal dictadura de los Duvalier.


J.F.: La solidaridad se ha disparado.


D.M.R.: Es lo de siempre. Durante un tiempo, un mes o dos, Haití estará en todos los informativos de televisión. Pero allá para marzo nadie se acordará de ello. Es un país en la más absoluta de las miserias, pero lo es desde hace décadas, no desde el terremoto de hace una semana. Fíjese en esta nota que traigo conmigo: “Por todas partes hay un agua verdosa y maloliente. Los mosquitos nos devoran. Mi hijo de cuatro años tiene bronquitis, malaria y ahora parece que también tifus. El médico dice que si no lo cuido, lo perderé”. Parece un escalofriante relato de la tragedia del momento, pero es de hace tres años y pertenece al libro de Mike Davis “Planeta de ciudades miseria”, donde describe los “slums”, los pozos de mierda en los que malviven –o malvivían- miles de personas en Puerto Príncipe. De hecho, un general brasileño de las fuerzas de la ONU describió hace un año a la capital haitiana como “una cloaca a cielo abierto”.


J.F.: Eso es cierto, pero la reacción solidaria ha de ser resaltada.


D.M.R.: Evidentemente. No pretendía yo poner en tela de juicio la buena voluntad de la gente. En general, la gente es compasiva y generosa, pero solamente reacciona frente a situaciones de excepción. Haití y otros muchos países viven en la miseria económica y en la destrucción ambiental sin que sea necesaria la intervención de las fuerzas naturales. Son la otra cara de nuestro mundo, la cara fea del sistema económico, del capitalismo. Hay quien cree que este modelo es estupendo por la sencilla razón de que es el existente. Pero cuando de cada cuatro habitantes del planeta uno vive bien, dos las pasan putas –perdóneme la expresión- y uno muere de hambre, parece que algo no funciona bien. Un modelo social en el que nada más que una persona de cada cuatro vive razonablemente bien no parece un modelo sano precisamente. Y, por cierto, cuando un ciudadano va a su banco a ingresar dinero para Haití, ese “su” banco le cobra comisiones. La desfachatez y la usura de los banqueros no tienen límites. Hasta la vicepresidenta Fernández de la Vega ha pedido, por favor, eso sí, que no carguen comisiones a las operaciones de solidaridad. Es repugnante.


J.F.: El Fondo Monetario Internacional ha abierto una línea especial para Haití.


D.M.R.: Otra aberración. Lo que el FMI ha hecho es facilitar un crédito especial para Haití, pero que el país tendrá que devolver con los intereses incluidos. Es la historia de siempre. Hace unos años la ONU decidió intervenir en Haití para salvar al país de la catástrofe. Pero Haití no necesitaba cascos azules. Haití necesitaba maestros, ingenieros, arquitectos y médicos. Haití, como otros países, necesitaba y necesita poder respirar, cosa que no puede hacer, ahogándose en la deuda externa, el deterioro ambiental y la depredación capitalista.


J.F.: ¿Qué opina de las declaraciones del obispo de San Sebastián, Munilla, que cree que nuestra situación moral es mucho más grave que lo que sucede en Haití?.


D.M.R.: Pues que me alegro mucho de esas declaraciones. A ver si de una vez los cristianos se dan cuenta de la catadura moral de quienes los pastorean. Ese tal Munilla es un irresponsable, además de un estúpido. Yo no tengo mucho conocimiento de teología pero, por lo que llego a colegir, incluso desde la teología se ven sus declaraciones como absurdos intolerables. Lo que no comprendo es que esta gente siga financiada por el estado. Voy a ponerme liberal: es insultante que mis impuestos vayan a alimentar a un personaje como este.


J.F.: La verdad es que se pasó de vueltas.


D.M.R.: Ahora estoy pensando en todos esos católicos que trabajan en los países pobres, personas que luchan contra la injusticia precisamente porque su creencia les impulsa a ello. Desde la monja más anónima al obispo Figaredo, ¿qué pensarán al escuchar a Munilla?. Cuando yo acabé COU en el Colegio de la Inmaculada, en Gijón, hubo una misa, como es lógico. Un cura, Vicente González-Cutre, un viejo jesuita asturiano que tuvo que huir de la dictadura brasileña de Figueirido, nos dijo que éramos una élite, una aristocracia, pero que, por ello, por ser los mejores, estábamos obligados a ofrecer nuestro esfuerzo en favor de quienes menos tenían y que sufrían la injusticia y la desigualdad. Era el año 1975. Munilla estaría entonces rezando por la salud del invicto caudillo.
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7 comentarios:

  1. Es verdad que las personas somos solidarias, también es verdad que olvidamos facilmente: nada más que deja de salir la noticia en la tele o en la radio.
    Pero yo pregunto una cosa: ¿no son los Estados los que tienen la obligación de prestar toda la ayuda necesaria? ¿No son ellos los únicos que pueden hacerlo, sobre todo viendo la magnitud de la tragedia? ¿De qué van a servir mis diez euros si de ellos se deducen comisiones, si la mitad se queda por el camino y la otra va sabe dios dónde?
    Si de verdad se administrase limpiamente el dinero que sale de nuestros bolsillos, tanto particulares como a través de los impuestos, para ayudas a desastres, naturales o no tan naturales (guerras y demás...), creo que la renta per cápita media subiría algunos puntos.
    Pero es siempre lo mismo. Igual que las guerras, mientras se les venden armas, se les envían aviones con quirófanos. Tengo la impresión de que, además de dar salida a las armas que se fabrican, hay que dar salida también a los quirófanos que se fabrican... Vaya panda de hipócritas que nos gobiernan.

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  2. Cóomo me presta lleete cuando fales d'América, David. El to conocimientu de les coses más simples pero tamién de les más complicaes. Ye lo que tien falar de lo que se conoz. Estudiu y llectures pero tamién pisar el terrenu. El to blogue ye mui útil.

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  3. http://pintaius.nireblog.com/post/2010/01/20/de-cuelebres-xuntances-y-posicionamientos

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  4. Falo col anónimu, cosa que nun me presta un res. Yo nun quiero tener un blogue d'anónimos. Pero ye verdá lo que dices. Munches vegaes los ciudadanos acabamos por facer lo que ye cosa l'estáu. Préstame la to entrada pero si punxeras el nome taría meyor. Yo soi David M. Rivas. ¿Tu nun yes naide?.

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  5. ¡ Viva Pepe "el Ferreiru"!

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  6. Mis felicitaciones don David, por sus acertados, medidos, calibrados e inteligentes comentaios, no podía esperar menos de una persona tan inteligente y con tan clara vision de la vida.
    Siempre su admirador incondicional pa lo que sea

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