14.3.14

Aquel terrible despertar (Miguel L. Serrano)


Asturianos de distintos ámbitos recuerdan el caos vivido tras las explosiones y destacan la solidaridad ejemplar del pueblo.
Andrés Menéndez se estaba afeitando y escuchó, estremecedoras, tres explosiones seguidas. “Pum, pum, pum”. Todavía hoy le retumban en su interior. Salió del baño, apartó las cortinas y vio gente huir de la estación con cara de desconcierto y alma de desesperación.
Ovidio de la Roza se enteró por la cara del taxista que lo recogió en el aeropuerto de Barajas y lo debía llevar a la reunión con el ministro.
Víctor Manuel estaba leyendo el periódico antes de enfocar uno de los últimos jueves del invierno. Por la tarde su mujer, Ana, estrenaba el monólogo de García Márquez en el teatro La Latina. Se anuló.
Nerea estaba en clase de lengua e intuyó que algo grave pasaba cuando su profesora salió de clase a la carrera sin avisar.
Nuria Fernández llegó al banco y vio que faltaba la mayoría de sus compañeros. Pensó en su hermano, que debía estar cogiendo a esa hora el tren para Alicante.
Algo sospechó David Rivas cuando escuchó el silencio sepulcral de las calles a unas horas de bullicio habitual. Se dio cuenta nada más entrar en la estación por los gritos de pánico de los policías, que le ordenaron que se diese la vuelta inmediatamente y se alejase de allí. Las caras de toda aquella gente a la carrera, entre el terror y el desconcierto, decían de todo y de nada a la vez: había un qué pero no un porqué. A Aida, su hija, la avisaron las noticias en francés. Estaba en París. En aquellos vagones hechos trizas había muchísimas posibilidades de que estuvieran su padre y sus compañeros de clase. Su esperanza, su miedo, su todo era un teléfono que no funcionaba. No había cobertura.

Antonio Trevín se había preparado el desayuno de siempre: un café con leche y unas tostadas. Al encender la radio se le atragantó. De la misma forma se enteró Isidro Fernández Rozada, con las ondas envenenadas de su transistor.
Hay veces que no hace falta llamar a las cosas por su nombre para entenderlas, que no hace falta escribir “atentado”, o “bombas”, o “Atocha”, o “Madrid”, o “muertos”, o “barbarie”, o “infamia”, o…, para recordar el día más negro de la historia de España. Basta con algunos ejemplos para dibujar la fotografía del terror. Diez años después, tan cerca, tan lejos, la memoria sigue doliendo y por eso no son necesarios los apellidos, porque semejante  sufrimiento fue y sigue siendo de todos los españoles, de todos los “Andreses”, los “Ovidios”, los “Víctores”, las “Nereas”, los “Antonios”, los “Isidros”… De todos a quienes les tocó llorar el 11 de marzo de 2004, el día que no salió el sol, aquel jueves plomizo y gris que golpeó sin piedad a cientos de muertos, a miles de heridos y a decenas de millones de testigos.
El eco de aquel terrible despertar cayó como una losa encima y dejó una huella imborrable en asturianos de toda clase y condición, conocidos y anónimos, de un sector y del otro, allí o aquí. “Fue un bautismo de terror en primera fila”, sintetiza el cantante Víctor Manuel, que lo pilló en su casa de Madrid. Escuchaba al periodista Iñaki Gabilondo en la Cadena Ser. “Cada noticia que llegaba era peor”, dice. Aquella tarde Ana Belén estrenaba el monólogo “Diatriba de amor contra un hombre sentado”. “Recuerdo la llamada de mi madre, preocupada por si había sido cerca de casa”, narra. Ese día Víctor Manuel guardó un momento para escribir un poema, publicado la mañana siguiente en la portada de “El Mundo”. Decía así:
“¿Cómo es posible tanto horror?
¿Qué hacen, con quién viven, quiénes son sus amigos?
¿Tienen hijos, padre, madre, los causantes de tanto horror?
¿Se miran en el espejo, se miran las manos?
¿Miran a los ojos de la gente con la que se cruzan?
¿Parten el pan con esas mismas manos?
¿Ayudan a cruzar a los ancianos en los semáforos?
¿Acarician, hacen el amor, lloran?
Todo son preguntas”.
“Sentí una tremenda tristeza”, reflexiona ahora el cantante, “confirmé que no somos nada, que el azar te cambia, te destruye la vida en un segundo”.
David Rivas, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, volvió esa tarde en tren de Madrid a su casa de Villaviciosa. “Había pocos pasajeros. Entre la confusión y la superstición no tocamos el tema”, cuenta. Por la mañana David caminó sin saber nada hasta la estación de Atocha por el paseo de Recoletos. Para ser las ocho y pico de la mañana había un silencio atronador. Parecía un domingo, pero era un jueves. Para él entrar en el vestíbulo de Atocha fue como entrar en otro mundo. “No se podía bajar a los andenes y creí que era una avería. De pronto la gente empezó a subir corriendo, histérica. Se produjo la segunda explosión. Era un caos”. David, entonces cabeza de lista de Andecha Astur, fue desalojado. Allí cogió un taxi y dejó que se subiera una pareja de ecuatorianos que quería llegar al hospital Ramón y Cajal. “Tenían una crisis de ansiedad, buscaban a un familiar”, dice. El taxista no cobró la bandera.
“Son cosas que no se borrarán en la vida”, tercia Ovidio de la Roza, presidente de la patronal asturiana de transporte, Asetra. No olvidará el gesto de aquel taxista moreno y la desgana con la que le preguntó el destino a su llegada a Barajas. Tenía puesta la radio. Ovidio madrugó más que las bombas, porque cogió el avión en Santiago del Monte a las 7,25 de la mañana. Tenía una reunión con el entonces ministro de fomento, Francisco Álvarez-Cascos. Por la M-30 vio pasar ambulancias, escuchó sirenas, sintió el caos. “Me sorprendió el bloqueo generalizado, la gente sin capacidad de reacción. Fue como si me cayera el mundo encima”, dice.
Enfrente de la estación del Pozo del Tío Raimundo, el otro gran foco de las bombas, vivía Andrés Menéndez, presidente adjunto del Centro Asturiano de Madrid. Llegó hasta donde lo dejó la policía. “La gente corría, gritaba. Era la desesperación absoluta, escenas caóticas. Nunca ví nada igual. La gente quería huir y no era capaz, volvía a los vagones por si se había dejado a alguien”, resume.
Nerea Fernández, de 13 años, se desesperazaba en clase de lengua en su colegio de Quirós (Mieres). “Salió la profesora y tardó en llegar. Nos dijo que había ocurrido un terrible accidente en Madrid, que si teníamos familiares que nos podíamos ir”, recuerda ahora con voz de estudiante de pedagogía. Y Nuria Jiménez, que pudo respirar cuando logró hablar con su hermano Alfonso, que aquel día cogió un tren en Atocha para viajar a Alicante. “Fue el primero en quien pensé. Siempre iba en avión y cambió. Hasta que no hablé con él no estuve tranquila”.
Antonio Trevín, entonces alcalde de Llanes (PSOE), e Isidro Rozada, diputado del PP, se enteraron por la radio. Sus actos políticos se suspendieron. “Sentí indignación y lo primero que pensé fue por qué a los más débiles. Por qué otra vez le había tocado al ciudadano de a pie, a gente que va en metro, a trabajadores humildes. Esa sensación fue horrible”, sostiene Trevín. “Sentí rabia e impotencia, no nos merecíamos aquello después de tantos años y tanto esfuerzo de democracia”, apunta Rozada.
En los días sucesivos vinieron contradicciones, tensión y una multitudinaria manifestación. “Fue un día de lluvia tremendo, pero pocos faltaron. Era el grito por una vida tranquila, de rechazo a algo tan bestial”, agrega Andrés Menéndez. “Asistimos atónitos a las mentiras del gobierno y salimos a exigir la verdad”, señala Víctor Manuel. “A nivel particular, eché en falta una respuesta de mayor altura institucional por parte del ejecutivo. Se perdió la oportunidad de convocar a la pluralidad política de España”, continúa Trevín. “Lo dije en su día y lo mantengo”, interviene Rozada. “Ángel Acebes nunca mantuvo un discurso en el que no creyese. El PP comunicaba la información que tenía”.
Fueron horas de versiones enfrentadas y calles revueltas, jornadas de sentimientos removidos a pocos días de unas elecciones marcadas para siempre por el suceso. Mientras tanto, el pueblo digirió las terribles historias como pudo, con un estruendo de solidaridad ejemplar. “Aquellas largas colas para donar, los mensajes, todo”, insiste Andrés Menéndez. “Me sorprendió la madurez de los madrileños ante una tragedia así”, añade David Rivas. 
Ahora, diez años después del peor trago de España, todavía sigue latente aquel terrible despertar.

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